Dos hombres de espaldas en un abrazo, uno con la cabeza apoyada en el otro, miran la luna reflejada en un mar caribeño en calma tras la tormenta — grabado PaisaRican

Oda al amor que todavía insiste

No sé cuántas veces hay que decir "te amo" para que deje de sonar a promesa y empiece a sonar a casa.

No sé cuántas veces hay que demostrarlo para que el amor deje de buscar grietas donde no las hay. Cuántas conversaciones hacen falta. Cuántos silencios. Cuántas pruebas. Cuántas veces hay que poner el corazón sobre la mesa para que deje de parecer mentira.

No quiero convencer a nadie de que amo.

Quiero que un día, quien me ame, por fin descanse dentro de ese amor.

Porque el amor no debería sentirse como un juicio. Ni como una entrevista. Ni como una competencia para ver quién aguanta más.

Yo quiero el otro amor.

El de una playa en La Guajira con luna llena. El que huele a sal y a viento caliente. El de una conversación que dura hasta que amanece porque ninguno de los dos quiere irse a dormir. El de mirar a alguien y pensar: "aquí es".

Ese amor.

El que uno busca sin saber que lo lleva cargando desde hace años.

Pero también aprendí algo.

Nadie debería amar bajo las condiciones del miedo de otra persona.

No se puede pasar la vida pagando facturas que uno no dejó. Curando heridas que uno no abrió. Defendiéndose de fantasmas que nunca fue.

Sí, soy intenso.

Soy boricua.

Soy isleño.

Soy caribe.

Tengo sangre caliente, una personalidad fuerte y un corazón ridículamente blando. Amo con las dos manos. Amo con la mesa servida. Amo pensando en un "nosotros", nunca en un "yo".

Pero una cosa es amar.

Y otra muy distinta es permitir que a uno lo reduzcan para que el otro se sienta seguro.

No.

Nadie se merece que lo manipulen. Que su cariño se convierta en sospecha. Que cada gesto tenga que defenderse en un tribunal donde el veredicto ya estaba escrito.

Porque el que ama así, ya se entregó.

Hace rato se entregó.

Su tiempo. Su intención. Su ternura. Sus ganas de construir una vida.

Y el amor que de verdad merecemos no nos pide seguir demostrándolo.

Nos pide lo mismo de vuelta.

No con palabras. Las palabras son hermosas, y todos sabemos decirlas.

Con presencia.

Con calma.

Con hechos.

Con la tranquilidad de quien deja de huir justo cuando encuentra un lugar donde quedarse.

Porque no queremos un amor donde uno persigue y el otro se deja alcanzar.

Queremos un amor donde los dos caminen hacia el mismo horizonte.

Donde nadie tenga que mendigar paz.

Donde nadie tenga que explicar por qué ama.

Donde, por fin, el amor deje de sentirse como una batalla... y empiece a sentirse como el Caribe después de la tormenta.

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