Devuélveme a la Bienal

La sensibilidad emocional latina ya tenía su lugar. Lo perdimos al traducirla.

Para mí, Pride es enamorarse.

Es la primera vez que alguien te miró y supiste, sin manual, sin nadie que te lo hubiera explicado, que eso era lo que querías. No la etiqueta. No la bandera. Solo eso: que ese hombre existía en el mismo cuarto que tú y que el mundo se reorganizó en silencio.

Para mí, Pride también es desamorarse.

Es perder a alguien que pensabas que te entendía, que te vio antes de que tú mismo te vieras, y luego no estar. El duelo de una relación queer tiene algo distinto, no más profundo, no más válido, solo diferente. Es un duelo que hacías solo porque no había lenguaje para él. No había liturgia. No había canción que lo nombrara exactamente.

O sí la había. Solo que estaba en español. Y nadie te dijo que las canciones de despecho, los boleros, los vallenatos de amor roto, eso también era para ti.

Para mí, Pride es encontrarte. Después de perder y de buscar y de callarte en almuerzo de familia porque el timing nunca era el correcto. Pride es la mañana en que dejas de disculparte por la versión de ti que más te cuesta defender. No en un discurso. No en un post. Solo en silencio, en algún cuarto, con una taza de café.

Sin performance. Sin arcoíris encima. Solo tú, siendo quien eres, pues.

Y eso, esa dignidad callada, esa identidad sin subtítulo, es lo que el Pride corporativo nunca supo traducir.

Hay una palabra que mi abuela usaba cuando alguien iba a un velorio.

No era "lo siento". No era "te acompaño en tu sentimiento". Era una pausa. Una mirada. Una mano apoyada en el antebrazo. Después, en voz baja:

"Ay bendito."

Esas dos palabras hacían todo el trabajo emocional. No necesitaban traducción, no necesitaban explicación, no necesitaban subtítulo. La sensibilidad latina, específicamente la sensibilidad puertorriqueña y paisa, ha vivido siempre así: cargada, contenida, suficientemente densa para no requerir adorno.

Hasta que el inglés llegó a explicarnos cómo sentir.

El Pride como traducción mala

Cada junio, las empresas se ponen el arcoíris encima como quien se pone una corbata para una entrevista que no le importa. Banco que normalmente niega préstamos a parejas no-casadas pinta su logo. Compañía de seguros que excluye terapia hormonal saca campaña con drag queens. Cadena de fast food que paga miserablemente a sus empleados queer cambia la cajita de Cajita Feliz.

Es Pride traducido a marketing. Y lo peor: traducido desde el inglés.

El Pride corporativo asume que la única manera de ser queer es haber pasado por el formato anglo: el coming out dramático, el desfile en la 5ta avenida, la bandera arcoíris colgada en la ventana del apartamento. Asume que antes de Stonewall no había nada.

Pero había.

La Bienal era nosotres

Entre 1970 y 2001 existió en San Juan, Puerto Rico, la Bienal del Grabado Latinoamericano y del Caribe. Era el encuentro más importante de cartelistas y grabadores del continente. En ella participaron Lorenzo Homar, Antonio Martorell, Rafael Tufiño, Beatriz González, Carlos Rojas, José Antonio Suárez Londoño. Carteles de protesta, carteles de cine, carteles de afirmación cultural, carteles políticos, carteles de fiestas patronales.

Y carteles queer, aunque ese término no se usaba todavía. Carteles donde dos hombres miraban con la sensibilidad de dos hombres. Carteles donde una mujer aparecía sin que el espectador asumiera su disponibilidad. Carteles donde el cuerpo latino aparecía con dignidad antes que espectáculo.

Esa fue la última vez que la sensibilidad emocional latina queer tuvo un espacio público sin tener que pasar por el filtro Anglo. Sin tener que probar nada. Sin tener que sonreír.

Lo que llamamos "sensibilidad emocional latina"

Es lo que el bolero ya sabía. Lo que el cantautor cubano sabía. Lo que Sabina sabía. Lo que las canciones de despecho paisa saben. Lo que las décimas jíbaras boricuas sabían cantando.

Es la idea de que el amor latino se rompe distinto. Que el hombre latino llora hacia adentro. Que la mujer latina carga dolor heredado. Que la pareja paisa-boricua mayor se ama en silencio y eso es igual de queer que cualquier cosa que el algoritmo te muestre con arcoíris.

Es la dignidad del anciano paisa en su mecedora que decidió pasar la vida con su mejor amigo. Es la abuela boricua que reza en silencio por su nieto. Es el joven de pueblo que se va a Medellín porque allá la cosa "es más libre", y la cosa siempre fue libre allá, antes de que el centro-comercial lo trajera de vuelta como producto importado.

Esa sensibilidad existía antes. Lo que pasó fue que se la tradujeron mal. Y al traducirla mal, la perdimos.

Por qué este drop se llama así

PaisaRican Drop 04 no es un Pride drop.

Es un drop editorial que recupera la sensibilidad emocional latina queer como ya existía antes de que el Pride se volviera logo corporativo. Las piezas no llevan arcoíris. No llevan banderas de identidad. No llevan eslóganes de protesta.

Lo que vas a ver son cuerpos paisa-boricuas que la cultura ya conocía pero que el Pride corporativo nos hizo olvidar. Dignidad cotidiana. Identidad sin subtítulo. Arte que solo puede decirse en español, sin pasar por el inglés.

No es performance. Es memoria.

El cartel revolucionario latino como vehículo

PaisaRican opera bajo el Diccionario PaisaRican v1.0, un sistema visual locked donde la palabra ES la marca, donde la tipografía Druk Wide Bold porta la voz, donde la paleta (negro, crema, rojo quemado, verde profundo) carga la historia.

Cada pieza del Drop 04 sigue ese sistema. Maximalismo latino con intención. Cartel revolucionario latinoamericano cruzado con foto editorial contemporánea. Influencias: Lorenzo Homar (DIVEDCO), Beatriz González (paisa política), Graciela Iturbide (foto íntima), Joel Meyerowitz (color editorial).

Lo que no vas a ver: arcoíris, glitter, club, parade, slogan en inglés. Lo que vas a ver: dignidad cotidiana de cuerpos paisa-boricuas que la cultura ya conocía pero que el Pride corporativo nos hizo olvidar.

Devuélveme a la Bienal.
A los almacenes vacíos y abandonados donde el arte respiraba entre concreto húmedo y ventanas rotas.
A las exposiciones escondidas entre paredes invadidas por naturaleza, donde el rocío bajaba por los largueros como lágrimas lentas antes de ir a trabajar.

Devuélveme a la Bienal de Medellín.
A los miles de pupitres enfrentando la policía y la fuerza del gobierno como una revolución silenciosa.
A las piezas de barro, a las siluetas imperfectas y multicolores, uniformes y desuniformes, alineadas como personas intentando entenderse unas a otras.

Llévame otra vez a ese instante exacto
donde le pediste a una señora que pasaba:
"Captura este momento, porque Héctor y yo nos vamos a casar. Vamos a ser felices."

Y la foto existe.
Existe en mi cámara.
Existe en mi memoria.
Existe todavía en alguna esquina viva de mi corazón.

Para luego terminar rota,
llorada,
doblada como un pedazo de papel que parecía no significar nada.

Devuélveme a la Bienal,
donde el arte se confundía con el vapor frío de la mañana,
y yo te daba las gracias con una felicidad tan genuina
porque pensé que amar era esto:
llevar a alguien a un lugar donde pudiera sentirse visto.

Pensé que amor era compartir exposiciones, mensajes, instalaciones, símbolos.
Sin saber que la verdadera exposición
iba a ser mi corazón abierto frente a alguien que nunca supo conservarlo.

Llévame de nuevo a la Bienal.
No para recuperarte.
No para volver.
Sino para despedirme de ti oficialmente.

Y dejarte existir únicamente como eso:
una obra de arte incompleta
que intenté restaurar durante años,
en capítulos separados,
pero que nunca quiso ser terminada.

Cierre

El Pride corporativo se va a poner el arcoíris este junio. Las empresas que el resto del año no se acuerdan de ti van a pintar sus logos. Las cajitas felices van a cambiar de color.

PaisaRican no va a hacer eso.

PaisaRican va a colgar carteles. Va a sacar piezas editoriales que un viejo paisa con guayabera reconocería sin tener que explicárselas. Va a recuperar la sensibilidad emocional latina que tenía hogar en la Bienal, en el bolero, en la décima, en la sobremesa larga, en el silencio entre dos hombres mayores en un sofá gastado.

Devuélveme a la Bienal. Y si todavía no llegamos, vamos a hacer la nuestra.

🇵🇷 + 🇨🇴 — La sensibilidad emocional latina ya tenía su lugar. Devuélveme a la Bienal.

Héctor Iván Santiago
Tampa FL, mayo 2026

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